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    El Hierro  -  Año: 17  - Número: 5733

Director: Sergio Gutiérrez

25 DE FEBRERO 2021  -  Actualizado a las 15:51 h.

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A causa del aislamiento al que históricamente ha estado sometida la zona sur de El Hierro, era algo normal, hasta hace no muchos años, que una persona que hubiera nacido en El Pinar muriera sin haber conocido a los demás pueblos de la isla.

Todavía a mediados del siglo XX existían piñeros que nunca habían ido al Puerto de La Estaca o a El Golfo, Sin embargo, y aunque parezca contradictorio, El Pinar siempre fue un pueblo abierto que ha acogido con amabilidad a los viajeros y forasteros que de manera ocasional lo visitaban. Ese hecho no pasó desapercibido y fue reseñado, así como las costumbres y modo de vida de sus habitantes, en las crónicas de viajes que escribieron algunos de los forasteros que por sus tierras pasaron.

El trato afable que los visitantes recibieron propició que varias de las personas de otros pueblos de las Islas Canarias, y de otras latitudes, que llegaron a esa comarca decidieran domiciliarse en ella.

Los primeros pescadores que hubo en El Pinar, a los que se pudiera calificar de profesionales, fueron dos hermanos procedentes de la isla de La Gomera, a ellos se les sumó un poco más tarde un piñero.

Los gomeros fueron José Abreu Cabellos “Pepe Gomero” (1854-1934) y su hermano Graciliano Abreu Cabellos (1854-1930) oriundos de Valle Gran Rey, y el piñero fue Cándido Hernández Padrón, hijo del gran luchador Matías Hernández Dávila uno de los famosos hermanos Bravos. Cándido varaba su barco en Tecorón y allí mandó construir una pequeña vivienda que, en forma casi milagrosa, todavía se conserva.

La manera como arribaron los hermanos Abreu Cabellos a las costas herreñas y después a El Pinar, se puede considerar como fortuita y afortunada

Un buen día, tal como lo solían hacer, ellos salieron a faenar y un fuerte viento los alejó de su tierra. Ante la imposibilidad de poder regresar remando contra la inclemente ventisca, se dejaron llevar por el temporal que los impulsaba en dirección a la isla de El Hierro a cuyo litoral felizmente llegaron.

Después de recorrer un pedazo de costa buscando un lugar propicio para desembarcar llegaron a las aguas calmadas del Roque de La Bonanza, en Las Playas, en donde pudieron poner pie en tierra y varar su pequeño barco.

Luego de un breve descanso, para reponer sus fuerzas, entraron en contacto con algunos de los pastores de Las Casas que guardaban sus cabras en aquella zona con los que intercambiaron pescado por leche, queso y otras vituallas, y quienes les informaron que después de La Punta de La Restinga se encontraban los mejores caladeros para la pesca. Sin pensarlo dos veces se dirigieron hacia el lugar señalado a donde llegaron sin mayores dificultades.

Después de haber cruzado la famosa punta, que es el territorio situado más al sur de Canarias y de España por lo que se puede decir que es el sur del Sur, vararon su pequeña embarcación en las arenas rojizas de la pequeña playa allí existente, la que posteriormente sería conocida como El Varadero Viejo.

Sin pérdida de tiempo y siguiendo las indicaciones que les habían dado los pastores se trasladaron al pueblo. Al llegar se comunicaron con el alcalde, y después que se explicaron y aclararon su situación procedieron a buscar alojamiento, y a hacer las gestiones pertinentes para comunicarse con sus familias, quienes los daban por desaparecidos al ignorar lo que les había sucedido y donde se encontraban.

Una vez que se establecieron en El Pinar y viendo lo bien que les iba, pues la pesca era abundante y no tenían competencia, José mandó a buscar a su esposa Rita Dorta Chinea (1856-1932) conocida como Rita la Partera, ya que ella había aprendido y ejercía con eficiencia el milenario oficio de la diosa Lucina para ayudar a las madres a traer al mundo una nueva vida.

Esa actividad era muy importante y necesaria en los lugares donde no existían médicos que asistieran a las parturientas. La señora Rita, una vez que se residenció en el pueblo, siguió ejerciendo su oficio de comadrona con gran prontitud y habilidad, y como si eso fuera poca cosa, también era rezandera lo que le permitía curar los empachos, y el quebranto o mal de ojos.

Por cierto, ella tenía que estar alerta ya que se decía que su esposo José tenía mucho poder en la vista y que hacía quebranto, por lo que, cuando llegaba de la pesca, procuraban que no mirara de imprevisto a los niños los cuales como medida de protección, tenían siempre puesto algo de color rojo para que no se enfermaran. La señora Rita, debido a sus facultades y a su trato amable, no tardó en ganarse el aprecio y cariño de las familias piñeras.

El matrimonio entre José y Rita procreó a los hijos siguientes: Manuel Abreu Dorta. Casimiro Abreu Dorta, Aurelio Abreu Dorta. Juan Abreu Dorta. José Abreu Dorta, Graciano Abreu Dorta y Consuelo Abreu Dorta. Por su lado Graciliano, que estaba soltero, se casó en 1879 con la muchacha Bernarda Petra Chávez Yllada (1860-1947). Del matrimonio entre Graciliano y Bernarda nacieron ocho hijos: Toribio Abreu Chávez, Armanda Abreu Chávez, Manuel Abreu Chávez, Inocencio Félix Abreu Chávez, Audelina Abreu Chávez, María Salomé Abreu Chávez, Laudelina Abreu Chávez y Graciliano Abreu Chávez.

Una vez que se domiciliaron en el pueblo, José y Graciliano combinaron la profesión de pescadores con la de agricultores, y trasladaron el varadero de sus barcos un poco más al oeste, cerca de La Laja de La Restinga, pues ese lugar tenía la ventaja de que en el caso que se presentara un tiempo del sur, ante el cual la pequeña bahía no tenía protección, algo no muy frecuente pero que sucedía, les era mucho más fácil sacar su embarcación y trasladarla hacia un sitio más alejado y elevado fuera del alcance de las aguas.

La bahía de La Restinga era el lugar que desde hacía muchos años habían escogido los veleros para efectuar sus operaciones de carga y descarga, ya que la presencia de los alisios les facilitaba la navegación, y la Punta de La Restinga y el saliente de Los Saltos, situados al este y al oeste, le daban el abrigo necesario para que en sus aguas pudieran efectuar sus maniobras con relativa comodidad.

Las embarcaciones dedicadas al cabotaje llegaban desde las otras islas y desembarcaban y embarcaban las mercancías que los comerciantes establecidos en el pueblo, desde finales del siglo XIX, importaban y exportaban.

La llegada de los veleros, y la actividad mercantil favoreció la presencia de los pequeños barcos de pesca, pues cuando arribaban y se fondeaban, ellos eran los que transportaban la carga que traían hasta La Laja, convertida en un pequeño muelle, y después hacían lo mismo en sentido contrario con los productos producidos en la zona que se exportaban.

Las actividades mercantiles se vieron reforzadas al establecer la compañía Gelder, dueña de los correillos, operaciones de cabotaje desde ese puerto, lo que les permitió a los armadores y pescadores el ingreso de unos dineros extras que no les venían nada mal.

Un poco más tarde llegaron, también de Valle Gran Rey, pues el ahora conocido como efecto llamada ya funcionaba maravillosamente, José Dorta Chinea, y Florentina Dorta Chinea (1856-1936) ambos hermanos de Rita, y Ezequiel Negrín Quintero (1882-1947) hijo de Antonio Negrín Dorta pariente de ella.

Ellos rápidamente se ambientaron, relacionaron y casaron con jóvenes del pueblo, dando origen a nuevas familias piñeras. José Dorta Chinea “José Gomero” lo hizo con la joven Catalina Cejas Morales; Florentina Dorta Chinea con Bartolomé Padrón Peraza y Ezequiel Negrín Quintero con Victoria Morales Morales,

Del matrimonio entre José y Catalina nacieron Agustín Dorta Cejas, Juana Dorta Cejas y Domingo Dorta Cejas, Y del celebrado entre Florentina y Bartolomé nacieron Daniel Padrón Dorta, Ana Padrón Dorta y Antonio “Juncano” Padrón Dorta.

Ezequiel Negrín se casó dos veces en sus primeras nupcias con Victoria tuvo dos hijos Lucia y Antonio de quienes descienden los Negrín de El Pinar, y de su segundo matrimonio con María Carolina Padrón y Padrón, nacieron Francisco Negrín Padrón, “Pancho”, que se residencio en El Golfo y de quien descienden los Negrín de esa comarca, y tres hijos más: Ezequiel, María y Severina “Clara”.

La mar siempre ejerció un fuerte atractivo para los gomeros y sus descendientes. Ellos conocían sus secretos y los procedimientos de pesca que contribuyeron a convertir esa actividad en una profesión, algo desconocido en el pueblo antes de su llegada.

Debe tenerse en cuenta que Urtusuástegui, que había estado en El Pinar a finales del siglo XVIII, y fue muy cuidadoso en sus descripciones, no hizo mención de la existencia de barcos de pesca, ni de pescadores profesionales en el litoral piñero. Sin embargo, el censo electoral efectuado en el año 1932 registró la presencia de dieciocho pescadores profesionales en la isla de los cuales quince residían en El Pinar, siendo la mayoría de ellos naturales de La Gomera o descendientes de ellos.

Todavía se conserva en la memoria colectiva del pueblo los nombres de los extraordinarios pescadores que durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX ejercieron esa profesión con total solvencia. Entre ellos mencionaremos a Graciliano Abreu Cabellos, Graciliano Abreu Chávez, José Abreu Cabellos “Pepe Gomero”, Aurelio León Abreu Dorta, Casimiro Abreu Dorta, José Dorta Chinea “José Gomero”, Agustín Dorta Cejas, José Quintero Dorta, Manuel Abreu Hernández “Manuel Gomero”, Ramón Abreu Hernández y José Chávez Abreu “Pepe Servanda”.

Se debe decir que estos pioneros si bien su actividad fundamental era la pesca también se dedicaban, aunque en pequeña escala, a la agricultura y residían en el pueblo. Ellos iban a pescar con sus barcos y hacían noche en los ranchos que hay en las diferentes playas del Mar de Las Calmas, o en el De Dentro cuando la mar estaba buena.

En aquellos lugares permanecían varios días pescando y salando lo que capturaban, hasta que daban por terminada la faena. Entonces alguno de los pescadores se llegaba al pueblo y regresaba con mulas o burros para transportar lo que habían capturado y proceder a su venta. El pescado salado no se vendía por kilos sino por “mercados”, un mercado pesaba aproximadamente medio kilo que, la mayoría de las veces, era calculado a ojo.

El pescador dependiendo del tamaño de las piezas ponía la cantidad que consideraba apropiada, que podían ser una, dos o tres viejas, o una o dos morenas etc.

Aunque a finales del siglo XIX así, como en los primeros del siglo XX, la inmensa mayoría de los pescadores operaban desde La Restinga, tanto los de procedencia gomera como piñera, siempre hubo algunos que afanaban y varaban sus barcos en Tecorón, entre ellos están José Abreu Dorta, Cándido Hernández Padrón y años más tarde José Chávez Abreu “Pepe Servanda”.

La integración de aquellos pescadores y de sus familias a la sociedad piñera fue tanta y de tal calidad que, pasados unos pocos años, era prácticamente imposible distinguirlos de los demás habitantes del pueblo. Sin embargo, nunca se olvidaron de sus orígenes y con relativa frecuencia viajaron a su pueblo natal y llevaron a sus hijos para que lo conocieran y se relacionaran con sus familiares, algunos de los cuales les devolvían la visita y se acercaban al pueblo.

Como una muestra del cariño que tenían a su tierra natal Manuel y Graciliano trajeron de su pueblo dos palmeras y las plantaron en sus casas. Sin duda alguna al verlas sentían que tenían cerquita, se podría decir que al alcance de la mano, a un pedacito de la tierra que los vio nacer y les acompañaba.

El contemplarlas les permitía recordar, revivir, y disfrutar del inolvidable sabor del guarapo y la gratificante miel que su delicada sangre vegetal en numerosas ocasiones les había donado. Ellas se alzaron erguidas y cimbreantes, como las odaliscas de los cuentos de Las mil y una noches, en las casas de Joaquín Machín Chávez, nieto de Manuel, y en la de Armanda Abreu Chávez, hija de Graciliano.

Esas palmeras eran las únicas que existían en el pueblo, y de sus hojas sacaban los pescadores hebras que usaban para ensartar el pescado, Pero ellas tenían reservada otra función simbólica mucho más importante, ya que eran utilizadas para ser entregadas, por el sacerdote de la parroquia, a los fieles que iban a misa el Día de Ramos que conmemora la entrada triunfal, montado en un burro, de Jesús en Jerusalén. Esas ramitas eran guardaban, generalmente detrás de las puertas de las casas, como símbolo de la cristiandad y recuerdo de aquel importante acontecimiento.

En la década del veinte se comenzaron a hacer las primeras casas en La Restinga, pero todavía tendrían que llegar los años cuarenta, para que en ese lugar se establecieran de manera permanente algunos pescadores con sus mujeres e hijos. Sin embargo, se debe aclarar que ellos pertenecían o eran miembros de otras familias, también gomeras, que llegaron a ese lugar en los primeros años de esa década, y que fueron los primeros habitantes que, después de la conquista, residieron de manera permanente en ese lugar que es el más meridional de España, y el que, por derecho propio, viene siendo el sur del Sur, pero esa es otra historia que se relatará en otras crónicas.

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17/12/2020 (08:55 horas)
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