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    El Hierro  -  Año: 17  - Número: 5738

Director: Sergio Gutiérrez

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DIARIO EL HIERRO reproduce en su totalidad el artículo de colaboración de José Antonio Labordeta en el programa de fiestas de la Bajada de la Virgen de Los Reyes 2001. Es nuestro sencillo y particular homenaje al inolvidable cantautor y político tristemente fallecido.

Una de las primeras sensaciones que el viajero tiene, al poco de andar por El Hierro, es la de que los grandes símbolos de esta entrañable isla, están solos, solitarios, aislados cada uno en una puntita alejada como queriendo sobrevivir en una tierra en la que es duro tirar hacia delante.

Me refiero al árbol del Garoé, al faro de Orchilla, a las increíbles sabinas, a las pétreas formaciones que, mirando al levante, se aúpan sobre la mar como gigantes agonizantes y destruidos atlantes vencidos por la mar y el olvido. Y también, cómo no, a la Virgen de los Reyes, allí en su Santuario, solitaria durante cuatro años y un día, alzada en hombros, bajada hasta Valverde entre danzas, toques de tambor y batir de chácaras enormes.

¿Llora el Árbol por la muerte de la princesa Teseida? Seguro que sí, porque allí donde el tronco y las ramas se guarecen de las brisas duras de los alisios, son fácilmente derramadas todas las lágrimas posibles. Y cuando uno llega a ese rincón izado entre brañas altivas y barrancos agrestes, llegas a comprender la explicación del drama, fuese leyenda o realidad, porque aquí, en el cobijo del rincón apartado cualquier lágrima tendría explicaciones y más sabiendo que desde estas altivas altitudes la dulce princesa acabó con su vida.

Y en la otra punta Orchilla se aúpa como un engreído guerrero solitario que anuncia el mar y el horizonte, desde este lugar que, para muchos herreños, fue camino a la emigración y emocionado encuentro cuando el regreso se producía desde las lejanas tierras venezolanas.

Orchilla era un mundo, la primera vez que lo visité, y era crudo llegarse hasta él desde Frontera. El farero, sus ayudantes, todos, en larga familia, vivían tan lejos de otras tierras que parecía imposible que allí aguantasen. Pero asumían esa vida y hasta te reclamaban, que también tú fueses tan feliz como ellos.

Ahora, cuando he vuelto, todo estaba ya digitalizado, automatizado, es decir, casi muerto. Pero el mundo arranca por ahí y es absurdo nostalgiar los viejos y duros tiempos pasados.

Las que permanecen impertérritas y emocionantes son las Sabinas que, como damas dramáticas de un llanto de Lorca, se retuercen contra la tierra huyendo de ella y cayendo casi, otra vez, sobre ella, como si no pudiesen escapar de su propio origen, de su raiz más dura, más emocionante y altiva. Son todo un espectáculo de vida contra la propia vida.

Son como los propios vientos que las retuercen, doblan, deforman y transfiguran. Son huidizas, próximas y lejanas, ausentes y tan presentes, que recorrer su tronco con la vista es una incursión en el hermoso e increíble mundo de los pequeños dibujos de la madera tronzada.

Y si algo simboliza el silencio y la soledad en un lugar alejado y apartado es, sin lugar a dudas, la ermita que cobija a la Virgen de los Reyes. Llegar a su Santuario cualquier día del año, bien bajo un duro sol, un alisio bronco o una irritante lluvia repentina, es aproximarte al silencio, a la quietud, al recogimiento.

Pero un día, cada cuatro años, los herreños sacan a su Virgen y en andas la bajan hasta la capital. Es una de esas fiestas que, envueltas en polvo, camino, danzas, chácaras, tambores y flautas, ocupan tanto lugar en la retina que resulta, cuando la has visto una vez, imposible de olvidarla.

Por ello ahora que llegó otra vez la hora, quiero recordar a algunos amigos de El Pinar o de Valverde, o a Tadeo, el sabio de las abejas, desde la otra punta de la Península mientras aun el frío nos estremece. Quiero recordar, decía, la luz y el color de los trajes, de las danzas, del calor y del bullicio.

Que ustedes sean felices porque esa pequeña isla se lo merece todo.

20/9/2010 (21:18 horas)
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