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    El Hierro  -  Año: 17  - Número: 5738

Director: Sergio Gutiérrez

2 DE MARZO 2021  -  Actualizado a las 19:28 h.

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Por Rosario Valcárcel (*) 1 comentario

Edeseo es el motor del universo, el origen del hombre y su final, y nada podemos contra ello.
Marqués de Sade.

Si yo hubiese estado casada, igual no me habría fijado en Roque.

Yo esperaba un hombre. Acababa de conocerlo y lo observé con curiosidad. Parecía un ser prehistórico, superviviente milagroso de algún movimiento telúrico. Lo miré desde lejos y pensé que no se había adaptado a las nuevas exigencias del mundo.

Era faquir en el circo que había llegado a San Sebastián de La Gomera, donde yo vivía. Las instalaciones las ubicaban entre el Cielo y la tierra en una explanada muy cerca del muelle. Me acuerdo que me puse muy contenta. Nunca había visto un faquir de cerca, sólo en la televisión; por eso un deseo irresistible me empujó a acercarme a ese hombre, a hablarle.

-Hola, me han dicho que usted trabaja en el circo. A mí de pequeña siempre me atraían los circos, especialmente cuando actuaba Pinito del Oro, una trapecista canaria que sabía jugar con una silla encima de la barra del trapecio.

Se sonrió con mi recuerdo y estrechó mis manos entre sus fuertes manos.

Su pecho lo llevaba descubierto y por pantalón dos pedacitos de seda. Ah, y unas cuantas lentejuelas sabiamente distribuidas sobre su carne desnuda. Entonces me comentó que el circo se construye todas las noches, una lucha por fomentar alegrías y sueños, una batalla donde no cabe el desánimo, la desolación, ni las convalecencias. Yo lo seguí. Me fui con él. Los que estaban en la cola empujaban. Uno de ellos me gritó que me había colado. Los colores de las banderas y de la carpa se desplegaban. Les volví la espalda a todos y cogida de su brazo entré orgullosa en aquella gran arena.

-Este trabajo es una pequeña comuna.

Lo observaba, parecía una estrella de cine. Tenía un cuerpo sensual, macizo, robusto, sabía el modo de explotarlo. Lucía una muy bien cuidada barba negra para infundir respeto. No pronunció frases galantes pero los pelos se me pusieron de punta cuando me dijo:

-¿Te atreves a ir a la cama de clavos conmigo?

-¿Estás seguro de que estaré cómoda? –le contesté riéndome.

-Sí, sí, estarás a gusto. Los clavos acariciarán tu piel como si fueran mis dedos.

Me puse colorada igual que un tomate, mis mejillas ardían. Estaba poseída por el furor de vivir la experiencia más delirante de mi vida.

¡El espectáculo va a comenzar!

El mar estaba muy cerca, se insinuaba con lentitud. Algunos días se aproximaba a la carretera y la bañaba. Quería alcanzar el asfalto, recuperar el terreno que poco a poco le habían ido arrancando. Los saltimbanquis, payasos, domadores, trapecistas, acróbatas y muchos más hacían el desfile con atuendos sugerentes. Bordeaban la pasarela del escenario, bañados de escotes sensuales con incrustaciones de plumas y grandes capas en lamé doradas. El corazón me dio un vuelco. La arena del redondel se volvió pegajosa, olía a lujuria, a apareamiento, a supervivencia.

No entendía como aquel cuerpo, con el torso en cueros, ungido con una crema protectora, podía soportar el dolor. Me conquistó su cercanía, su cintura, los hombros cuadrados, sus enérgicas piernas, su vanidad, su perturbación. Estaba segura de que tendría los riñones destrozados. Se le saltaron unas lágrimas, a mí también. Nos miramos y comprendí que le excitaba, se deleitaba. Le gustaba descender a los infiernos, jugar con el sufrimiento, rozar la muerte. Mi corazón se aceleró y, sin darme cuenta, estaba temblando.

Si yo hubiese estado casada, igual no me habría fijado en Roque.

Tenía treinta y cinco años. Todas mis amigas me hablaban de sus maridos, de lo galantes, locos, amenazadores o tiernos que eran. De sus noches de amor, de sus excitaciones y hasta de sus jadeos. Le rezaba a San Antonio de Padua, le encendía unos cirios, le rogaba que me enviara un novio. Deseaba tener un hombre en mi cama. Me negaba a vivir dormida como mi isla.

Por eso aquella tarde lo miré con peligrosa intimidad, me prometí no dejarlo.

Cerré las páginas de mi existencia. Siempre creí que los hombres estaban hechos de otra materia y en este caso no estaba equivocada. Antes de comenzar su actuación Roque encendió unas velas a su alrededor formando un círculo. Se tragaba una docena de clavos igual que si fuese una hamburguesa, se convertía en domador o en la trapecista más famosa del mundo. Las ceras ardieron hasta consumirse. Fue un signo propicio.

Un coro de voces angelicales anunció de una forma más divina que humana la llegada de una jaula de leones. La comitiva parecía sacada de un cuento de hadas. Al pasar por mi sitio, me besó la mano. El gentío bullanguero aplaudía él -igual que un pavo real- saludaba con mucho ringorrango al público. Entró en la celda de los animales vestido como un antiguo luchador romano, manejaba con violencia el látigo mientras articulaba gritos para provocar a sus fieras. Las sensaciones eran intensas, sus movimientos eran rítmicos, afanosos. Me acosó con su erotismo, me soliviantó. El corazón me latía muy deprisa. En la distancia me invitaba con sus grandes ojos. Parecía en trance.

Si hubiese estado casada, igual no me habría fijado en Roque.

Yo esperaba un hombre y él me cautivó, me cautivaron su coraje, sus gestos, su humor, su expresión. Me produjo una emoción de regocijo. Había tenido algunos novios, experiencias sexuales y amores pero el deseo no me dejaba llegar a la felicidad, por eso cuando lo vi no le di más vueltas, me olvidé del frenesí, de la salvación de mi alma, de los principios morales y hasta de los religiosos. No me importaba si era bueno o malo. Ese hombre me había impresionado más de lo normal y quería llevármelo a mi casa. Intentaba concentrarme pero un único pensamiento me distanciaba: lo veía salir de su gran jaula con el látigo en la mano, saltar sobre mí y azotarme con tal pasión que la piel se me caía a tiras.

En la arena Roque luchaba. Yo estaba frente a frente, en las primeras filas. Cerré los ojos para no distraerme, me sumergí en la caricia de sus manos a través de la fusta, recorrí la silueta de su cuerpo, noté sus piernas desnudas junto a las mías, palpé todos los rincones. Me salpicó hasta su sudor, escuché los chasquidos de la vara y los aullidos de las fieras.

El poseía esa energía efervescente, ese fuego, ese arte delicado que sirve para mantener a una mujer en continua exaltación. Lo más terrible de todas esas sensaciones era que yo me había sumergido en su quimera. En su strip-tease mental. Sabía que la muerte podía merodear dentro de aquella gran celda, pero inconscientemente lo buscaba. Al igual que a los leones el olor a carne fresca me volvía hambrienta, quería cebarse.

Ocupaba el corazón de todos los espectadores. Me dejé llevar por el espejismo, escuché los aplausos, el palpitar de su piel en cada movimiento, el tintineo de los dientes, su agitación envolvente. Me sonreía, me mordisqueaba con fuerza pero sus besos no eran de vida sino de muerte. Me sacudía aquella perturbación. Tenía una habilidad especial. Gustaba a los hombres y enloquecía a las mujeres. Tuve miedo de no volver a verle nunca más.

Los sonidos se arremolinaban. Su lengua áspera recorría todas las guaridas de mi cuerpo. Me recreaba viendo el látigo en sus manos, me torturaba. Confieso que descubrí bienestar. Me entregué. Fue una borrachera de placer doloroso.

Dicen que durante el reinado de los emperadores se ideó una nueva especie de cacería en la cual los “bestiarios” no daban muerte a los animales feroces. Los abandonaban al pueblo, que se precipitaba en la arena donde se habían plantado árboles que le conferían la apariencia de una selva. Masacraban a todos los que podían. El despojo pertenece siempre al victorioso. Me dominaba la pasión y el presentimiento de la muerte.

De repente, Roque perdió su don de agilidad. Un león con las pupilas encendidas de cólera, los hombros hacia arriba y las orejas hacia atrás, le dio un zarpazo y ¡bum! Cayó en el aserrín, en la hierba seca, como si hubiese sido de plomo. El rey de los animales bramaba después de dar algunas vueltas por la arena. Rugió con satisfacción y orgullo, desafiando al universo.

-¡No te muevas! –le gritaban-. ¡No te muevas!

Salí corriendo de la carpa. No quise saber cuál fue su destino. En los alrededores se había instalado un mercadillo circense. Vendían toda clase de artilugios. Yo seguía corriendo y me encontré con el mar, su costa acantilada, su arena azabache y sus aguas adormiladas. A mucha distancia las terrazas y los bancales, las brumas deshaciéndose. Los palmerales y el paisaje encantado con sus roques gigantescos.

Pensé en zambullirme, pero seguí corriendo. El viento de la muerte sacudía mis sentidos. Parecía que me llegaba el olor de la arena y de las piedras. No podía detenerme. Sabía que el circo se marcharía y no lo volvería a ver. Estaba triste, el esplendor de lo desconocido había nublado mis ojos. El azar quiso que el deseo por Roque se apoderase de mí.

Seguía corriendo, cuando a lo lejos escuché:

-Compren y no se arrepentirán.

En la tómbola la gente jugaba a descubrir su futuro.

-Ganarán el reloj que marca la hora exacta de la muerte.

(*) Fragmento de un relato de mi libro DEL AMOR Y LAS PASIONES.

Blog-rosariovalcarcel.blogspot.com.

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24/11/2013 (10:59 horas)
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