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    El Hierro  -  Año: 17  - Número: 5733

Director: Sergio Gutiérrez

25 DE FEBRERO 2021  -  Actualizado a las 15:51 h.

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Por Rafael Zamora Méndez 1 comentario

Los personajes que han transitado por la extensa Historia de la Humanidad, no han sido obligatoriamente dioses y, sin embargo, reciben subyugado culto al pie de sus establecidas estatuas.

Pueblos enteros, le expresan una equitativa gratitud que en su memoria desean eternizar, fraguando la misma en duradero mármol, perdurable bronce o inalterable granito.

Ante ellas, pasarán multitud de futuras generaciones, ofreciéndoles abundantes coronas engalanadas y fragantes ramilletes de atrayentes flores.

Gloriosos epitafios serán esculpidos para que los mismos hablen a los venideros siglos de fantásticos hechos que, en el veloz transcurrir del tiempo, con toda seguridad, ya habrá convertido en legítimas y veneradas leyendas.

¡Triste paradoja del voluble Destino:

Hubo uno de estos específicos seres que, con los pies sangrantes, cubierto de mezquinos harapos, agotado de recorrer sin descanso alguno un sin fin de escabrosos caminos, en carne propia, tuvo que absorber el acerbo desaire de las más brutales y salvajes decepciones.

Era un genio, pero... no un genio cualquiera, sino el de un gran lobo de mar que nació bajo el bienaventurado signo de los predestinados.

El oro de sus rubios y rizados cabellos, le daban un arrebatado aire de encendido trovador.

Su dilatada frente de artista innovador, sagazmente penetrante de azules porcelanas, diseñaba en marcadas arrugas una rara singladura de anónimos e inexplorados meridianos.

Sus grandes ojos, semejaban a dos proféticos faros, inflamando pinceladas de retenidas alboradas, misteriosamente ocultas en algunos que otros ignotos horizontes.

¡Se llamaba, CRISTÓBAL COLÓN!

En el esplendente silabario de las estrellas, leyó un desnudar de mares, el disciplinado hijo genovés del más abnegado curtidor de lanas.

Muchas habían sido las noches pasadas en constantes vigilias, rodeado por la vehemente fiebre de supuestos mapas y caudalosos piélagos.

Ansiaba abrir diferentes vías en las turbulentas aguas de otros híbridos océanos, en ningún tiempo surcados.

¡Nadie le atendía, tomándole por un grotesco elemento insólito, algo peor que cualquier demente, totalmente trastornado y excesivamente parlanchín!

Todas las puertas se les cerraban con punzante estrépito, rompiendo cristales, entre sarcásticas y burlonas carcajadas que rechinaban en su alma cual un afligido rezongo de aciago acabamiento.

¿Qué se podía esperar de un despojado soñador?

Poco consiguió, acudiendo en son de ayuda y socorro, de la Ceca a la Meca, hacia diversos e importantes países.

Sin más, fue violentamente rechazado, pero... ¡bienaventurado día aquel en que se le ocurrió tender el flotante arco de la aventura, para dar con la certera flecha de su idea en la mismísima médula del blanco!

¡Su bien conquistada diana fue: ESPAÑA!

Hasta las sumisas puertas del Convento de la Rábida, llega acompañado de su joven hijo Diego.

Vienen exhaustos: El pequeño, casi deshidratado, con urgencia, solicita alimentos para sus hambrientas penurias corporales.

El padre, sólo implora ayuda y apoyo material, para sus perturbadas ambiciones de maniático navegante.

El piadoso frailecito, JUAN PÉREZ, queda gratamente impresionado por las prodigiosas teorías que le expone aquel inédito vidente.

Es confesor de la Reina y, muy bien pudiera abrirle las puertas para que consiguiera empezar a circular por sendas más firmes y seguras de las que hasta entonces, arrastradamente, había llevado.

Hasta los mismos rincones del regio palacio, habían llegado ya los repetidos rumores de algo audazmente insólito, fabuloso e ilusorio Isabel de Castilla, la magnánima, hace llamar a Colón.

Quiere conocerle, verle de cerca, para poder hablarle, para oír de sus propios labios lo que con tanta y tanta firmeza, insistentemente, aseguraba.

Se encuentran por primera vez, frente a frente.

Parecen viejos conocidos de siempre.

El diálogo fluye espontáneo, sencillo.

La Soberana, le escucha entusiasmadísima y, por momentos, se siente como transportada espiritualmente a extrañas regiones de las Mil y una Noche, gracias al hálito misterioso que de aquel hombre singular, a raudales, se desprende.

Existe el serio inconveniente: Las arcas reales están completamente vacías. Las duras y continuas luchas sostenidas contra los fanáticos hijos de la Media Luna, las han mermado considerablemente.

Para todas las dificultades y sufrimientos de la vida, para todos los contratiempos y miserias, existen siempre grandes remedios, con tal de que se posea un gran corazón.

El de la Reina es magnánimo en grado sumo y, en un noble rasgo de ciega confianza, se desprende de sus más preciadas joyas, fleta las naves y las pone a disposición del Genio.

En la memorable madrugada de aquel 3 de agosto de 1.942, desde el Puerto de Palos, en Huelva, amparados por una suave brisa y un cielo despejado, las tres carabelas de ensueños e ilusiones, se hacen a la mar.

¡Ya está, por fin, el Gran Almirante, rumbo y proa hacia los radiantes senderos de un paraíso, hasta entonces clandestino entre las intocables manos de las negras sombras!

Va dispuesto a demostrar, con verídicos hechos, lo que todos creían quiméricas pesadillas tejidas con febriles agujas en la demente tela de su chiflado cerebro.

La Fe le conduce.

Pasan martirizantes los días y, rudamente jadeantes, las sempiternas semanas.

Entre el centenar de rudos hombres que lleva consigo, van muchos desalmados ambiciosos.

Murmuran de él. Quieren matarle.¡Esperaban encontrar grandes y fáciles tesoros y... se enfrentaban con el infranqueable problemas de verse faltos hasta de los más indispensables alimentos, a merced de un rugiente mar de endiablados zargazos que les impedían avanzar a placer.

En la noche, clara y serena, firme, seguro como una roca, en su puesto de mando, permanece Colón.

Está mirando sosegadamente en el manto infinito de la noche, la reservada luz de su Destino.

Y, él, no lo sabía, pero...el SIGNO final, la seráfica ESTRELLA que guiara todos sus pasos hasta alcanzar la victoria concluyente fue... la Santísima Virgen.

Al frente de la “SANTA MARÍA”, Ella quiso que se descubriera la ardiente aurora de un Nuevo Mundo, precisamente, en el señalado crepúsculo matutino de su gran fiesta en la madre patria: LA DEL PILAR.

¡AQUEL 12 DE OCTUBRE, el visionario, dejó de permanecer en pie!

Ahora está de rodillas, besando emocionado la nueva tierra mil veces soñada y, clavando en sus virginales entrañas, el glorioso Pendón de Castilla.

¡Así, pagó con creces al único Pueblo del viejo mundo que supo ayudarle y comprenderle!

¡TRISTE PARADOJA DEL DESTINO: EN EL SIEMPRE RUTILANTE ABECEDARIO DE LAS ESTRELLAS, LEYÓ UN DESNUDAR DE MARES EL HUMILDE HIJO GENOVÉS DEL MÁS AGNEGADO CURTIDOR DE LANAS!

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13/10/2011
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