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Cada vez que iba a Madrid intentaba por todos los medios verle. Quedábamos en Fitur, o en cualquier acto que organizábamos en la capital de España. Solo era cuestión de llamarle y se desvivía por reencontrase con alguien de su isla natal, la que siempre añoraba y la que visitaba cada vez que podía.
Solo escucharle era una lección magistral impagable, un manantial de conocimiento, una oportunidad única para vislumbrar cuánto conocimiento acumulado, cuántas experiencias vividas al lado de los grandes y también de los pequeños, porque nunca perdió esa sencillez, humildad y hospitalidad.
Su habla sosegada y pausada, reflexiva y segura en sus afirmaciones, sincera y honesta en sus apreciaciones, cercana e intuitiva, me fascinaba, a la vez me hacía sentir la satisfacción de estar hablando con un sabio de la vida y una eminencia en el mundo del arte que había nacido en El Hierro, pero que el desconocimiento de la historia y la ceguera no había sido capaz de valorar en todo su contexto.
Recuerdo hace unos años vernos en Madrid con motivo de unas vacaciones familiares y haber almorzado con él. En un intercambio improvisado de presentes él nos entregó un dossier con sus publicaciones de arte, y nosotros una insignia del escudo heráldico de solapa con la isla de El Hierro que recibió con entusiasmo y se lo puso en el ojal de su chaqueta. Era un simple detalle para un gran hombre que nunca presumió de nada.
Hoy se me ha ido un gran amigo. Hoy se ha marchado en silencio y con su discreción característica en su residencia madrileña Matías Díaz Padrón, un hombre que en sus miles de referencias comunicativas en materia de arte nunca se olvidaba de citar su procedencia, "Valverde 1935". Ha fallecido dejando un legado de investigación en arte indescriptible, tan extenso y eterno como su propia personalidad.
DEP gran e inolvidable amigo.



