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Estos días de descanso siempre nos sirven para dejar el ajetreo diario y agudizar esa fuente oculta que interiorizamos todos los humanos y que poco usamos: la inspiración; y que en mayor o menor medida no exteriorizamos frecuentemente bien por dejadez, comodidad e incluso por vergüenza, no sé si propia o ajena.
Hacer trabajar a esas neuronas dormidas y acomodadas al paso del tiempo, siempre lo he visto como un ejercicio mental saludable que me conduce en la mayoría de las ocasiones a poner en valor, o como está de moda decirlo ahora, "visibilizar", lo opaco y lo oculto, para así transparentar y dejar que los árboles, en esta ocasión, nos dejen ver el bosque.
Sé que la persona de la que me propongo hoy trazar unas breves pinceladas no es proclive a alabanzas ni homenajes, me atrevería a decir que, además, no se siente cómodo. Su discreción es como un modo de vida intrínseco a su propia personalidad, pero salvando este obstáculo que estoy seguro él me va a perdonar, hoy esas neuronas dormidas y acomodadas las he querido despertar para hablar del que fuera mi profesor y el de muchas generaciones de herreños que pudimos disfrutar de su genio y figura, de sus doctos conocimientos en lo que llamábamos "las letras", algo así como un arte menos exacto que las ciencias, pero más moldeable y humano como la misma vida.
Juan Antonio Padrón Hernández, un universitario herreño que se pudo quedar en la urbe, pero que quiso regresar al pueblo, a su Isla, y que se comprometió con la formación académica de cientos de estudiantes. Un hombre de apariencia serena y nervios templados, discreto, pero siempre dispuesto a trasparentar su interior si lo cree necesario.
A Juan Antonio le debemos su plena dedicación académica en beneficio de la formación de muchos y muchas que pasamos por sus aulas, escuchando aquellas disertaciones de una voz armónica que ni el paso del tiempo ha podido quebrantar, o por la lectura de aquellas conjugaciones de verbos plasmadas en tiza caliza sobre las pizarras verde oscuro que un paño lleno de polvo blanco borraba antes de pasar a la siguiente lección.
Las personas inquietas son incapaces de quedarse en casa, y Juan Antonio ha sido un baluarte de las artes escénicas y musicales. La voz del teatro, la del folclore y también la del "off" de infinidad de oberturas, monólogos, poesías y canciones; porque él es un amante de su tierra, un comprometido de las tradiciones y un herreño ejemplar.
Gente como Juan Antonio, primero profesor y después amigo, es parte de esa alma con la que predicamos los herreños nuestra forma de ser. Hombre bondadoso, de valores inalterables y de personalidad intachable.
No voy a ser yo el que pida nada, pero sí posiblemente la historia de él y su meritoria trayectoria nos esté llamando a la puerta y clamando algo más que un simple agradecimiento.
¡Gracias profesor! ¡Gracias amigo!



