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Por José Francisco Armas Pérez
"Hay quien abuchea a un presidente y aplaude a una cabra".
Alfonso Guerra.
Llegó el presidente del Gobierno de todos los españoles y unas, no sé cuántas, dicen que cientos de personas, se desgañitaron, se inflaron los cogotes, y con ira, rabia y desprecio silbaron, gritaron e insultaron.
Dicen las crónicas que hace veinte años le pasó igual al entonces presidente de todos los españoles, Felipe González y le pasó exactamente igual al presidente de todos los españoles, José Luis Rodríguez Zapatero. En cambio, no pasó, los cogotes no se hincharon cual palomo desafiante con los presidentes de todos los españoles, José María Aznar y Mariano Rajoy. Para buenos entendedores con pocas palabras bastan.
Si leemos las noticias periodísticas de las distintas épocas, fácilmente se concluye que siempre son los mismos, unos individuos a quienes no les gusta la democracia, la detestan, la insultan, la rechazan y, si por eso fuera poco, intentan utilizar los propios canales democráticos para destruirla, o, por lo menos pretenderlo.
Son unos pocos que, en sus mentes corroídas por el odio, entienden que el poder es de ellos y exclusivamente de ellos por mandato divino. Que son ellos y solo ellos los llamados a la cena, que son ellos los únicos bienvenidos. Son los que, nada más darse un resultado electoral que si no ganan sus afines sin rubor hablan de gobiernos ilegítimos, de fraudes electorales, de gobiernos Frankenstein, son los mismos, siempre los mismos.
En este doce de octubre, día de la fiesta nacional que impulsó la Ley 18/1987, de 7 de octubre, en época de un gobierno socialista, además de la pitada ya premeditada y organizada pasara lo que pasara, pasó que el presidente cumpliendo el protocolo marcado, “hizo esperar al rey unos segundos” (no he podido averiguar cuántos segundos), aunque según el periódico que se lea atendiendo a su línea editorial, habla de minutos (tampoco dicen cuántos) pero lo cierto es que fueron unos segundos,(menos de 60), y eso ha desatado cientos de columnas, de opiniones y de críticas que ciertamente inquietan. De esos imprecisos segundos, se ha llegado hasta pedir la dimisión del presiente (imaginemos que no haya asistido por estar indispuesto, porque también los poderosos son humanos).
No hay medida, vemos que para la derecha y la derecha extrema no hay medida y notamos como a la derecha democrática calla porque las palabras de Montoro de que “caiga España que ya la levantaremos nosotros” se suma a su ideario.
¿Qué son unos segundos? Es muy fácil responder que unos segundos carece de importancia en la inmensidad del tiempo y miren, según para quien.
Para la derecha asilvestrada, pitona e insultante, es causa de dimisión del presidente del Gobierno; para los enfermos que hacen colas en los hospitales es motivo de vida o muerte, pero aquí esos segundos no importan, por eso en Madrid se han cerrado treinta y siete servicios de urgencia de Atención Primaria y los sanitarios protestan en la calle, en Andalucía el gasto sanitario está a la cola de la inversión de las comunidades y en Galicia se han eliminados 900 camas hospitalarias.
Cuán valioso son unos segundos para el que acude a un servicio de urgencias y lo encuentra cerrado. Estos no pitan y si pitan no tienen eco.
Así pues, a la llegada del presidente a los actos del desfile militar para celebra el día de la fiesta nacional, igual que hace veinte años, igual que han hecho siempre a cada uno de los presidentes del PSOE se desataron los infiernos y voces carrasposas unas y chillonas otras manifestaron su cólera y deseo de fatalidad y de involución porque no aceptan que en democracia gobierna la mayoría, voces que añoran a otra España, aquella que describió Pablo Neruda:
Era España tirante y seca,/
diurno tambor de son opaco/
llanura y nido de águilas, silencio/
de azotada intemperie…
Y entre tanto, entró la cabra y los chillidos, insultos y patrañas se volvieron en vítores y aplausos sonoros. A la cabra, claro.


