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Siempre me enseñaron en las clases de física en el instituto que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma, y eso estoy seguro que es lo que le va a ocurrir a un emblemático bar restaurante de la Villa de Valverde con más de medio siglo de actividad.
Lugar para encuentros nocturnos y también para desayunos madrugadores, punto de conversaciones amistosas de las cuales muchas de ellas acabaron en noviazgos y de celebraciones de bodas, bautizos y comuniones cuando no habían otros lugares y todo se reducía a simples bares con una barra y dos mesas.
Hoy se cierra una etapa de 40 años para el bar restaurante Zabagu, después de que unos vecinos de Isora, Atilano y Mario, decidieran regentar este establecimiento dedicado al buen yantar y centrado principalmente en la cocina casera.

En los últimos años, la mujer de Atilano, Carmen, y su hijo, Borja, han seguido sus huellas, y como en toda buena película existe un principio y un final, en este caso feliz, porque lo han sabido mantener hasta el último día con mucha profesionalidad y generosidad, porque si hay una actividad sacrificada como pocas es la restauración.
Su estofado de carne, sus empanadas de arepa con relleno de mechada, pollo o queso; su pata asada de cochino, harán historia, al igual que ellos como trabajadores y emprendedores. Muchas batallas habría que contar para despedirles como se merecen.
Que sirva la mía para despedirles con un hasta luego, para reconocerles y agradecerles su labor, y, por supuesto, para desearle a Carmen que disfrute de una merecida jubilación al lado de su Atilano y al joven Borja que está en la “azucena" de su vida y le quedan muchos retos y sueños por cumplir.
A falta de champán hoy, que sirvan estos viejos dispensadores de agua con gas para celebrar una nueva etapa.



