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El Hierro

39 SEGUNDOS

2026-07-29 11:19 · Por José Francisco Armas

Por José Francisco Armas

El aire amarillento por el polvo indicaba que estábamos cerca. Desde el vehículo en que viajaba vi un tractor que removía sobre una montaña de escombros; fue el hotel Eduard Suites, de nueve pisos. Otra máquina hacía lo mismo en un espacio contiguo; aquello era lo que quedaba de la Residencia Estrella. El olor descifraba lo que todavía había entre los mazacotes de cemento. Los bulldozers de Caterpillar separaban las bolas de varillas de hierro del resto de la escombrera. 

Uno de los tres conductores que esperaban a que llenaran las bandejas de sus camiones me dijo:

- El infierno empieza aquí. Todo esto pasó en treinta y nueve segundos, en menos tiempo de lo que se toma un café.

Mis amigos de viaje, Javier y Alberto, nacidos en la zona, iban recitando a media voz los nombres de los edificios, las plantas que tenían, los centros comerciales; todos hoy, un mes más tarde, son montañas de tierra, de cemento y de amasijos de hierro de la ferralla. En varios lugares de la vía recortaban la marcha y se quejaban:

Aquí murió una familia amiga.
- En aquel, un pana del colegio.

Así íbamos cuando observé que, entre los tractores que removían y separaban los materiales de los edificios derrumbados, centenares de personas buscaban entre los escombros trozos de hierro, preferiblemente cobre, que es más caro en el mercado de la pobreza. Todos se afanaban en remover la inmundicia en busca de un pedazo de algo que echaban en unos sacos. 

En otros lugares de la vía, grupos de personas pacientemente sentados alrededor de una montaña de cascotes esperaban a que alguien viniera para ver si podían encontrar a sus muertos: 

- Queremos poder darles paz a sus almas, decían.

Entre una cadena de montañas de restos de edificios, alguno queda en pie, pero absolutamente reventado. Las paredes de cerramiento estallaron y a la vista están los enseres de las viviendas abandonadas que se han convertido en manjar de los saqueadores que no dudaron un minuto en utilizar la desgracia en oportunidad de negocio.

Un paisano sentado en los restos de una plaza, con quien pretendí entablar conversación, con mirada perdida y con pocas ganas de hablar, comentó: 

-Si usted es residente de La Guaira, y el día 24 de junio a las seis de la tarde hubiese entrado en un sueño profundo, y se despierta 39 segundos después, hubiera podido vivir sin descubrir que estaba en el mismo sitio. ¡Aquí se acabó todo!!

 Un joven padre de familia numerosa, cuya casa debe desalojar por peligro de derrumbe, entre suspiros, murmuró triste:

- Tendré que dividir un bocado en seis bocas.

Después de que cada persona con la que hablé se desahogara contando su particular y triste historia, que opinara sobre lo que se opina del porqué en ese sitio acontece tanta calamidad, y por qué la furia de la naturaleza se extrema en La Guaira como si estuviese condenada a sufrir, todos coincidían en una interrogante: ¿ahora qué? ¿Qué va a pasar aquí? Nadie espera nada de quien está obligado a dar una respuesta. 

Los discursos que se oyen son para reivindicar el sufrimiento histórico como fundamento básico sobre el que debe apoyarse el renacer de la nueva Venezuela. Sinceramente, creo que hace falta más seriedad y pragmatismo, y menos diatribas al orgullo del bravo pueblo para que tanta vida destrozada vuelva a recuperar algo de dignidad, si eso es mentalmente posible.

Me despedí con la imagen de la angustia que rezuman los rostros opacados de los paisanos. Con la mirada de unos ojos que se volvieron viejos en 39 segundos de sus vidas; que cayeron sin esperarlo en un futuro totalmente imprevisible y desolador.

En mi incapacidad para explicar lo que vi, para transmitir lo que observé y para expresar lo que siento, le pregunté a la IA sobre cuál sería la palabra que incluyera en una sola voz  el concepto de dolor, muerte, sufrimiento y pobreza y me ha dado una frase: “vivir en necrosia”, que se podría definir como: estar sobreviviendo entre el dolor, la falta y la muerte, sin haber muerto aún.  

Eso es hoy La Guaira.