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Por Luis González García (*)
Hablar de la migración en El Hierro hoy no es hablar de cifras ni de estadísticas, que se olvidan al cambiar de emisora, de periódico o de programa de televisión; para mí, y para el pueblo herreño, es hablar de un dolor profundo que llevamos grabado en el alma.
El Hierro es una isla pequeña, solidaria y de gente noble, pero nos ha tocado convertirnos en el epicentro de una de las mayores tragedias humanas de nuestra historia reciente.
Ver llegar los cayucos, ver los ojos de cansancio, de terror, ansiedad por la llegada y, lamentablemente, en demasiadas ocasiones, tener que amortajar y enterrar a personas que solo buscaban un futuro... eso te rompe por dentro.
Es un desgarro diario que no te abandona cuando te vas a “dormir." y se me vienen a la cabeza muchos momentos; momentos en La Restinga: cuánto hemos luchado, todos mis compañeros y compañeras, por sacar adelante a PERSONAS, y que, en varios casos, no hemos podido, la niñita de 2 años que, por mucho que hicimos, se nos fue de dentro de las manos, recuerdo al día siguiente, estar con mis compañeros, llorando de impotencia, y pensando en voz alta que nos faltó por hacer, que más pudimos haber hecho.
Luego llega el 28 de mayo, ese fatídico día, del que todos tenemos en la retina el vuelco, ayer lo pude ver, lo pude mirar por primera vez, hasta ayer no había sido capaz de hacerlo, siete vidas, siete mujeres, (cuatro adultas y tres menores), en unos minutos se fueron, y no alcanzaron su objetivo, UNA VIDA MEJOR, UN FUTURO.
Cierro los ojos y veo esa madre cuando la llevamos a identificar a la última menor, duele, y tienes que vivirlo y llorarlo para saber lo que se siente, sentimientos que te afloran de angustia, dolor, impotencia, si no, NO ERES HUMANO Y MENOS PERSONA.
No podemos olvidar que la Ruta Canaria se ha consolidado como la más mortífera del mundo. El océano Atlántico que rodea nuestras islas se ha convertido en una fosa común invisible. Detrás de cada embarcación que llega a El Hierro, hay decenas de vidas que se han quedado en el camino, devoradas por el mar, el hambre y la sed.
No son 'flujos migratorios', son vidas rotas, son madres que nunca sabrán dónde murieron sus hijos. Y ese dolor, esa impotencia de ver que la respuesta global no está a la altura de la tragedia, es algo que quema por dentro.
No nos podemos acostumbrar a esto. La indiferencia es el verdadero peligro. Y como colofón “La visita del Papa a Canarias” es un hito tan trascendental. Que el Papa ponga el foco del Vaticano y del mundo entero en nuestra tierra es un grito de atención directo a la conciencia de Europa.
Pero quiero ser sincero: nos deja un sabor agridulce y una profunda espina clavada en el corazón. Agradecemos que ponga el foco en el archipiélago, pero nos duele profundamente que se vaya sin pisar El Hierro.
Con todo el respeto y el cariño que le podemos profesar al Santo Padre, creemos que se ha perdido una oportunidad única. Si hay un lugar donde hoy se llora, donde los recursos están al límite y donde el pueblo se está vaciando en humanidad para sostener esta crisis en primera línea, es El Hierro.
Nos hubiera reconfortado enormemente que el Papa hubiera tocado la tierra que hoy es el verdadero epicentro del dolor, que hubiera mirado a los ojos a los herreños y herreñas que abren sus brazos cada día en el puerto de La Restinga.
Que hubiera visto donde esos migrantes, que llegan al Sur de Europa, pisar tierra por primera vez después de tantos días sentados en una tabla de la patera o el cayuco, expuestos a la muerte en el mar.
Es un lamento que hacemos desde el máximo respeto, pero también desde el sentimiento de una isla pequeña que, una vez más, siente que la mirada del mundo se queda a las puertas de donde más se sufre.
Esperamos que las palabras del Santo Padre agiten los corazones de quienes toman las decisiones desde despachos lejanos en Bruselas o Madrid. "Y todo esto ocurre en un día clave. Hoy mismo entra en vigor en toda Europa el nuevo Pacto de Migración y Asilo. Una ley nacida en los despachos de Bruselas que nos hablan de 'control de fronteras', de 'cuotas' y de 'burocracia'. Pero desde El Hierro miramos hoy a Europa; y nos preguntamos: ¿dónde queda la humanidad en esas leyes?
Las normas frías no salvan vidas en el Atlántico, ni alivian el peso de una isla pequeña que está al límite de sus capacidades.
Lo que más me ha marcado de esta crisis no son las cifras ni los dispositivos desplegados. Lo que más me ha marcado son las miradas.
Porque detrás de cada mirada hay una historia de sufrimiento, de esperanza y de una enorme dignidad humana.
(*) Médico de Urgencias y Director Médico del HINSR.



