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Casi siempre estaba tarareando algo. No se distinguía si lo que tatareaba era una canción o simplemente sonidos encadenados, sin sentido musical; pero eso daba igual, eran alegres. Incluso con una resaca monumental (al menos, la mía), Santiago Travieso seguía tatareando, con esa voz ronca, profunda; una voz de radio, en definitiva,
Santi…¿Cómo puedes estar tan contento y radiante si malamente hemos dormido unas horas y ahora volvemos a currar a Villa de Teguise (donde se celebraba Saborea Lanzarote) y nos espera un día duro?, le preguntaba mientras me tomaba un paracetamol a ver si, así, podía aplacar los estragos de la noche anterior, regada con el maravilloso vino malvasía de esa isla mágica que es Lanzarote.
¡Ay, amigo!, me contestaba. Si tú te vieras cómo me he visto yo (y me contaba algunas de sus dolencias médicas que, evidentemente, no voy a reproducir aquí), verías que la vida es lo más importante.
Tienes razón, compañero, reconocía. Tienes toda la razón del mundo, remarcaba.
Desayunábamos juntos, iba con él en su coche a Villa de Teguise, allí trabajábamos también juntos (él para su emisora, Radio Sintonía Fuerteventura y yo para mi periódico, DIARIO EL HIERRO) y, al final del largo día, no sin antes inflarnos a queso, atún, carne…, y qué sé yo cuántas delicias gastronómicas más a cuál mejor, entre incontables vasos de vino; ese caldo, fraguado bajo el radiante sol de Lanzarote, entre el jable…, que a veces, nos hacía soltar alguna que otra lágrima: él me hablaba de su hija Yaiza y de su hijo Iván, cual padre orgulloso (¡por supuesto!); pero, sobre todo, a mi amigo Santiago Travieso se le aguaban los ojos y su voz se quebraba (sí, la voz inconfundible de la radio majorera, se rompía), cuando un nombre salía de sus labios, desde lo más profundo del alma: Hugo, su nieto. Él me hablaba y me hablaba, con el corazón, entre sollozos, y volvía a repetir: Mi nieto Hugo, ¡tú no sabes quién está ahí, Sergio! Es increíble, me decía. Yo le escuchaba, y volvía a escucharle y él no paraba de hablarme y hablarme de su nieto.
Y así, entre charlas familiares profundas, sinceras, agradables, casi llorando los dos al unísono, el día iba tocando a su fin. Caía la tarde en Villa de Teguise.
Regresaba con él, en su coche, al hotel. A veces llamaba a su mujer, Teresa, desde el mismo coche y le decía: Aquí voy con el herreño.
Llegábamos al hotel, cada cual, a su habitación, ducha, cambio de ropa y a la cena que organizaba Saborea. Más comida, más vino, más risas…Y así, transcurrían nuestros días en Lanzarote.
Él regresaba a Fuerteventura y yo a El Hierro. Hasta el próximo año en que volveríamos a vernos. Y así, un año tras otro mientras pudimos.
Fue un orgullo conocerte, trabajar contigo, tenerte como compañero y amigo. Ahora te toca descansar, Santi. Nadie nos quitará nuestras conversaciones que ya quedan grabadas en lo más profundo de mi ser.
Sí, en efecto, lloro tu pérdida, amigo,
SERGIO GUTIÉRREZ.


