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    El Hierro  -  Año: 17  - Número: 5844

Director: Sergio Gutiérrez

16 DE JUNIO 2021  -  Actualizado a las 13:18 h.

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Por Pablo Rodríguez Cejas (*)


Desde la década de los cuarenta hasta el primer quinquenio de los setenta, centenares de canarios, entre ellos muchas familias herreñas, se trasladaron hasta el Sáhara Occidental, colonia española en aquellos años, para ocupar diferentes puestos de trabajo. Los canarios se emplearon en los servicios, la construcción y en las minas de fosfatos. Quizás en busca de las oportunidades que en su tierra tanto escaseaban.

Entre ellos puedo citar a mis abuelos paternos, procedentes de Valverde, que se asentaron durante cuatro años en el Sáhara Occidental compartiendo su día a día con los hombres y las mujeres saharauis que, como mis abuelos, tenían muchos sueños y proyectos de vida.

Aprovechando la debilidad de España ante la inminente muerte del dictador Francisco Franco, Marruecos y Mauritania invaden el Sáhara Occidental mediante la denominada Marcha Verde. Es entonces cuando, la mayor parte de los canarios y canarias que allí se encontraban decidieron regresar a su tierra, como así lo hicieron mis abuelos.

Mi abuelo, antes de fallecer, y mi abuela, de la que aún tengo la fortuna de disfrutar y de aprender, me dibujan con sus palabras el escenario que vivieron durante aquellos días de incertidumbre y angustia en El Aaiún, donde explotaban bombas en la misma calle y donde el ejército español se retiró pacíficamente sin plantar cara a los invasores, lo que desató entonces un desolador sentimiento de abandono por parte de España, que se había comprometido a celebrar un referéndum para que el pueblo saharaui decidiera su destino. Promesas incumplidas al fin y al cabo.

Aunque Mauritania se terminó retirando de conflicto generado a raíz de la Marcha Verde, Marruecos terminó ocupando casi la totalidad del territorio saharaui, implantando allí un clima de opresión, de violación de Derechos Humanos y de persecución. Ante esto, miles de saharauis terminaron huyendo hasta el país vecino que les abrió sus puertas, Argelia, instalándose en el desierto de Tinduf de forma provisional hasta que la comunidad internacional mediara en el conflicto.

Los hombres y mujeres saharauis plantaron cara durante años, tanto los que habían huido como los que quedaban en los territorios ocupados, organizados alrededor del Frente Polisario, logrando liberar una parte de su territorio (la más próxima a Argelia), hasta que un acuerdo de paz firmado en la ONU invitó al cese de la lucha a cambio de que el Rey de Marruecos celebrara un referéndum de autodeterminación en el Sáhara Occidental. El Frente Polisario firmó el mismo, pero hasta la fecha, no hay noticias de esa consulta legítima. Una vez más, promesas incumplidas. Mientras, Marruecos construyó un muro de norte a sur dividiendo así el territorio ocupado de aquéllos que pudieron ser liberados por el Frente Polisario. No pretendo que este artículo se convierta en una crónica histórica, porque sobre el asunto ya se cuenta con numerosos relatos, pero creí necesario exponer a modo de preámbulo la historia reciente y cercana, geográficamente hablando, de un pueblo como el saharaui. Hace algo más de un mes, mi actividad política me llevó hasta Tinduf, en Argelia, donde se asientan los campamentos que los y las saharauis instalaron hace ya más de 40 años. Lo hice en compañía de una extensa delegación canaria que representábamos a diferentes campos de la sociedad de las Islas (política, Universidad, ONGs, proyectos de cooperación tanto educativos como de la salud (...) Tres días de estancia en los campamentos me bastaron para reconocer la esperanza que albergan los hombres y mujeres saharauis en su mirada y en sus corazones. También para comprobar la hospitalidad inmensa de un pueblo preso de su paciencia. Y lo que más me emocionó: sentir cómo el pueblo saharaui sueña cada día con poder abrazar a las Islas Canarias a través del mar, ese mar del que se han visto privados por el injusto devenir de la historia. La "causa saharaui", como así llaman al motivo que explica su lucha, que nos es otra cosa que poder regresar a su país amado, está más viva y latente que nunca. Así lo sentí en cada visita y en cada conversación. Una sociedad perfectamente organizada, con su gobierno, sus provincias y sus poblaciones; también con sus Asociaciones y medios de comunicación propios. Además, en todo ello, a pesar de lo que se generaliza en los países árabes colindantes, la mujer juega en el pueblo saharaui un papel importantísimo en todas las facetas de su cotidianidad, ocupando incluso altos cargos en su gobierno nacional. Estoy convencido que la comunidad internacional no está por la labor de buscar una salida pacífica a las legítimas aspiraciones del pueblo saharaui, y que los intereses económicos y políticos favorecen claramente a Marruecos, pero como tuve oportunidad de decirle al vicepresidente del Frente Polisario en mi último día de estancia en Tinduf: "levantaré la voz de forma rotunda en el Senado de España por este pueblo olvidado, olvidado también por España, para que el silencio internacional no suponga otro muro más a esta causa justa y noble". Un pueblo con el que mis abuelos, como tantos canarios, compartieron muchos sueños y proyectos de vida. Un pueblo hermano.

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18/12/2017 (11:36 horas)
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