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    El Hierro  -  Año: 17  - Número: 5841

Director: Sergio Gutiérrez

13 DE JUNIO 2021  -  Actualizado a las 12:03 h.

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Por Luciano Eutimio Armas Morales 1 comentario

Hace mucho tiempo que leo y admiro los artículos de Alberto Artero. Licenciado en Ciencias Empresariales en ICADE, trabajó en un tiempo en el área de mercados financieros y grandes patrimonios del Banco Central Hispano, y desde enero de este año dirige Cotizalia.

Con una prosa sencilla, directa e hiperrealista, realiza con frecuencia brillantes análisis de la realidad económica y financiera, en los que incluye auténticas premoniciones en el convulso acontecer en los últimos años. Y casi siempre acierta.

He leído su artículo de hoy, me ha parecido magnífico, y no he podido resistirme, con su permiso, a la tentación de tratar de compartirlo con los lectores de este periódico digital, por si no lo conocían:

Acababa de consumarse el fracaso. Se sentía engañado, defraudado, arrepentido. Dolido y súbitamente ajeno a esa mujer que amamantaba a su hijo recién nacido. Que no era suyo, que nunca sería carne de su carne. Todo había sido un sueño, una sugestión, una manera de envolver el pecado de su esposa en los ropajes de una historia increíble. Qué torpe había sido. De repente, aparecía la cruda realidad delante de él. No tenía fuerzas ni para la ira. Sorprendido, sintió cómo dos lagrimones bajaban por sus mejillas. Salió del cochambroso portal lleno de heces de ganado, echó una mirada atrás en busca de María y el niño, apoyó la cabeza en sus curtidas manos y se dejó llevar por el desconsuelo. No podía más. Ya no.

Siempre le había precedido su fama de hombre justo y trabajador. De la estirpe de David, conocía rudimentariamente la Ley, que trataba de aplicar en su vida. En una época en la que los oficios, como tales, no existían, José lo mismo levantaba un muro que alisaba un suelo o tallaba por encargo un mueble, su afición favorita. De ahí que algunos le llamaran carpintero. Trabajaba siempre fuera de Nazaret, pueblo demasiado pequeño como para ganarse el sustento, y a donde sólo volvía para dormir cuando el agotamiento se lo permitía.

Pronto se convino su boda con María, de cuya casa mediaban apenas 50 metros, colina abajo. La conocía de siempre. Una niña hacendosa, callada y obediente que era pretendida por otros muchos. Joaquín y Ana no pusieron impedimento alguno. No buscaban riquezas sino honra y respeto, y para ellos José era el candidato ideal. Sería el siguiente solsticio de verano, cuando el Sol alcanzara su cénit. Estaba deseando que llegara el momento. Ya lo decía la Escritura: el hombre no tiene que estar sólo. Desde el momento del compromiso, cuanto más la trataba mayor era su convencimiento de que sería la mujer perfecta para su proyecto de vida. Era feliz.

De pronto, todo cambió aquella tarde en la que regresaba a casa tras una dura jornada cerca del Monte Tabor. De camino a su hogar se paró en la casa de María, como era su costumbre. Se encontró a su futura suegra llorando amargamente. Antes de que pudiera decir nada, Joaquín salió a su encuentro y le llevó a un aparte. “María está embarazada”, le dijo de sopetón y se extendió en una serie de explicaciones para las que ya no tenía oídos. Que si una aparición, que si el Hijo de Dios, que si… Se le cayó el alma a los pies. María, su María. ¡Pero… eso era imposible! De repente su futuro se había hecho añicos como una vasija de barro cocido estrellada contra el suelo. El casamiento no podría tener lugar. José decidió repudiarla en secreto.

Fue esa noche cuando sintió, por primera vez, esa misteriosa voz. Inundó su sueño con una presencia tal que era imposible negar su existencia: “No temas, decía, toma a María. El niño ha sido engendrado por el Espíritu Santo. Le pondrás por nombre Jesús”. Cuando se despertó tuvo una certeza tal sobre su vocación, sobre el destino de felicidad al que había sido llamado, que no dudó en cumplir las palabras del ángel.

Cuán equivocado estaba. Desde aquél momento todo había sido un desastre. Nada más contraer nupcias, María le dijo que tenía que partir a visitar a su prima Isabel, que se encontraba embarazada de seis meses y necesitaba su ayuda, pues era bastante mayor. José se opuso radicalmente. De poco le sirvió. Dispuso pues, al menos, acompañarla. Sufrió con cada paso fatigoso que su mujer dio por las sinuosas colinas de Judá, entre vómitos y sofocos. José tuvo que aguantar a su vuelta las pícaras miradas de aquellos que sabían que la niña había partido al poco de celebrarse el enlace. Su prominente tripa revelaba lo evidente.

Cumplidos los ocho meses, se promulgó un edicto de César Augusto según el cual cada ciudadano debía ir a empadronarse, con su familia, a su lugar de nacimiento. Eso suponía bajar de Nazaret a Belén, un trayecto enorme para una mujer en tal estado de gestación. Sin embargo, la disposición no admitía demora. Contrariado subió a María en una mula y se dispuso a partir. Si Dios quería poner a prueba su fe, desde luego lo estaba logrando. Con creces.

El viaje fue un tormento. María sufría constantes dolores de parto que les obligaban a detener el paso con frecuencia. Fue entrar en Belén y María se puso de parto. Bastante había aguantado. Acudió a casa de sus parientes en la ciudad, que le rechazaron amablemente. Pero… no podía ser. Recorrió distintos hospedajes; todos completos. Además, nadie quería complicarse la vida. Sin embargo, cuanto mayor era su desesperación, más grande era la paz que desprendía su esposa. Al final, un orondo tabernero le cedió un piojoso establo, insalubre, donde pastaban, ajenos a todo, una mula y un buey. Ésta no podía ser la morada elegida por Dios para su descendencia. No cabía duda, todo había sido fruto de su imaginación.

Y entonces ocurrió. “José, ¿por qué lloras?” La misma voz, el mismo tono que aquella primera noche, que cuando la revelación. Levantó su rostro en busca de la nada y lo volvió a hundir entre sus piernas. De repente, un martilleo constante golpeó sus sienes: “Ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” repetía incesante. Poco a poco levantó la mirada.

Una luz cegadora envolvía el portal y por los caminos adyacentes a él se empezaban a escuchar las palabras acaloradas de los pastores que venían en busca de un recién nacido que habría de rescatar su dignidad. Entonces comprendió todo: frente al poder de la Ley, el Poder del Amor; contra el valor del tener, el respeto al Ser; ante la propia voluntad, la preeminencia del otro. Entró presuroso en el Portal, besó al niño, abrazó a María y rompió a llorar otra vez. Por primera vez en mucho tiempo, era de nuevo feliz. Nunca más apartaría la mirada de su destino. Callado, se dispuso a ocupar su discreto e imprescindible papel, con el que ha pasado a la Historia.

Llega la Navidad. Y lo urgente de las obligaciones que nos hemos creado, concesión al mundo moderno, desvía la mirada de lo importante que verdaderamente ocurre estos días. Les invito, desde la fe de cada uno, a redescubrirlo. Escuchar cómo habla el silencio, sentir cómo calientan los abrazos, disfrutar de una sonrisa, dejar las prisas para otro día, mirar con los ojos del corazón, saber que las grandes cosas son la suma de muchas otras más pequeñas, valorar la compañía, soñar…

¡¡¡Feliz Navidad!!!

lucianoeutimio@yahoo.es

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22/12/2009 (20:19 horas)
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