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    El Hierro  -  Año: 17  - Número: 5807

Director: Sergio Gutiérrez

10 DE MAYO 2021  -  Actualizado a las 18:36 h.

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Por José Manuel Cabrera Zamora

“Cayucos que cantaban folías…”, es el título de un artículo que compara la emigraron canaria en veleros a Venezuela con la que llega a nuestras Islas en “cayucos”, publicado en varios periódicos canarios los días 28 y 29 de julio.

No conozco a ninguna de las dos autoras; pero de vez en cuando se publican escritos similares de personas que insisten en comparar lo incomparable porque pretenden que los canarios admitamos como normal algo que no lo es.

Hay muchas diferencias entre las dos migraciones. Aquella duró sólo tres años (1948-1951), y fue a un país continental con inmensos recursos naturales, poco poblado y con necesidad de mano de obra. Si bien los viajes eran ilegales, muchos portaban documentos, algunos hasta visados, y ninguno negó quién era ni de dónde procedía.

Aunque poco gastó en ellos el Estado venezolano, pudo no haber gastado nada, ya que miles de paisanos los esperaban para emplearlos en sus haciendas, industrias o comercios. Ni siquiera con los menores, porque viajaban con sus padres o con edad legal para trabajar.

A nuestro pequeño territorio superpoblado, con escasos recursos y con un alto índice de desempleo, desde hace muchos años están llegando continuas oleadas de “pateras” y “cayucos” –está pasando estos días- de todo un continente, y hasta de dos.

Los inmigrantes no traen documentos y la gran mayoría de ellos no se sabe quiénes son ni de qué país, porque se niegan a decirlo. Sabiendo que la Ley no les permite trabajar, cada vez vienen más menores, que ya nos cuestan más de diez millones de euros al año.

Nuestras Islas tienen estrechos lazos históricos con América desde muchísimo antes de que Venezuela existiera como país. Canarias era una colonia de España –a veces parece que sigue siendo-, y en el siglo XVII, por imposición de la Corona, por cada cien toneladas de productos canarios tenían que viajar cinco familias canarias a poblar el Nuevo Continente. Allí fundaron numerosos pueblos.

En Venezuela, en lo que hoy es el estado Miranda, un herreño, Juan Francisco de León, cultivador de cacao, funda Panaquire y ejerce de Teniente de Justicia. La Real Compañía Guipuzcoana tiene el monopolio del comercio, maneja la política venezolana, comete todo tipo de abusos y logra reemplazar al herreño con uno de los suyos.

De León no acepta la sustitución, y apoyado por el pueblo de Panaquire y otros aledaños, con más de 800 hombres, entre indios negros y canarios, marcha a Caracas a exigirle al Gobernador la supresión de la Guipuzcoana. El Gobernador lo convence con promesas, pero no cumple, y De León se vuelve a rebelar. Un segundo Gobernador pacta con los rebeldes e indulta a los detenidos. Un tercer Gobernador desconoce los pactos y los indultos y, como el herreño marcha de nuevo a Caracas con sus hombres armados, envían de España 2.000 soldados para combatirlo.

Ante la exhibición de tanta fuerza, De León huye a los Llanos, y después de varios meses, cada día con menos hombres, decide salvar la vida de los que le acompañan, entre quienes están algunos de sus catorce hijos, y se entrega. Enviado a España, murió en la prisión de Cádiz. Pero su movimiento marcó el comienzo del declive de la Guipuzcoana y fue la chispa que encendió las ansias de soberanía en la población.

Décadas después, muchos canarios y sus descendientes contribuyeron a la independencia de Venezuela. Tal ha sido el aporte de los canarios a Venezuela, que lo reconoce la gente de la cultura, los profesores de historia lo destacan en sus clases, y lo resaltó Arturo Uslar Pietri, cuando dijo: “La historia de mi país no se concibe ni puede escribirse sin que en ella ocupen largos capítulos los hombres de Canarias”. Además de De León, Miranda, Páez, Vargas, Carujo, Bello, Soublette, Key Muñoz, Zamora, Guzmán Blanco, Los Monagas, Los Ribas, los Del Toro, entre muchos otros, tenían origen canario.

A nosotros, por más que algunos se empeñen, no nos une nada a los inmigrantes de los “cayucos”. A pesar de todo ello, los canarios de los veleros hubieran deseado un recibimiento como el que se les da a los de los “cayucos”, sobre todo los que fueron condenados a seis meses de trabajos forzados en El Dorado y en Guasina.

No es admisible que se tergiversen hechos, falseen datos, inventen historias, como esa de que “a bordo los recibían con pistola en mano” –sólo recuerdo leer que alguien sacó una pistola durante un motín en La Elvira- etc., para tratar de manipular a la opinión pública en favor de una tendencia política.

A la comparación de los veleros con los cayucos no hay que darle muchas vueltas, sólo preguntarse si muchos cayucos naufragan a poco más de 100 Km. de la costa continental, ¿cuántos atravesarían los más de 5.000 Km. de océano? Una nave no se mide sólo por su eslora; varios de los veleros rondaban las 100 toneladas; el Telémaco tenía una eslora de 27 metros, no de 20, como dice el artículo, por 6 metros de manga y “otros tantos” de puntal, y no hizo varios viajes a Venezuela, sino sólo uno, como todos los demás.

La mayoría de los capitanes de los veleros sí sabían de navegación, pues casi todos ellos ejercían esa labor entre las islas o entre las islas y África. Algunos de ellos, como Delio Ortega Morales, capitán del Delfina Noya, realizaba las prácticas en el vapor León y Castillo; y Joaquín González Pérez, Capitán del San Miguel, trabajó en varios correíllos como “Patrón de Cabotaje de Primera para Vapor”, y en Venezuela obtuvo el título de Capitán de Altura y trabajó en la Marina Mercante. No fueron “cientos de embarcaciones”; ni “llegaban a puerto con más de 200 ocupantes”.

Excepto el Nuevo Teide, con 286 pasajeros, no 300 como dice el artículo, el Delfina Noya, con 230, y otros once con más de 100, la mayoría no llevaron más de 50, y algunos, como el Elena, el JorgeII, el Stoebecker y el Dugone, llevaron menos de 10. Tampoco fueron “unos 12.000 canarios”. Lo más sorprendente es que el profesor Manuel Hernández avale estos datos, cuando él, en dos de sus libros dedicados a este tema: “Canarias: la emigración” y “La emigración canaria a América”, cuyos contenidos son casi idénticos, cita a José Ferrera Jiménez y a la cifra de “entre 6.500 y 8.000 personas” que, según Ferrera Jiménez, representó esa emigración; y al más fiable de todos: Javier Díaz Sicilia, ya fallecido, palmero que cuando era niño vio salir de su isla al velero San Miguel, siendo adolescente emigró a Venezuela, empezó a trabajar como locutor, se hizo periodista, trabajó en televisión y durante muchos años se dedicó a investigar en los periódicos de la época y a consultar a varios viajeros para realizar su gran obra “Al Suroeste, La Libertad” –un libro que todo canario debería leer, para acabar con algunos mitos-, donde aparecen testimonios de protagonistas, diferentes tratos del tema por periódicos y por políticos, los nombres de los 62 veleros registrados por las autoridades venezolanas, los puertos y las fechas de salida, las escalas de los que las hicieron, los puertos y las fechas de llegada y el número de viajeros de cada uno de ellos; para una suma de 3.847 viajeros.

Aunque el autor, quizás cauteloso por si se hubiera quedado algún velero sin registrar, redondea la cifra en 4.000, “aproximadamente”. La emigración masiva de canarios a Venezuela fue entre 1951 y 1958; pero esa fue con sus visados y en trasatlánticos o en aviones.

Total, tres años de emigración clandestina para menos de los que han llegado a Canarias en “pateras” y “cayucos” en un sólo mes. Y, al menos, dos veces: 4.903 inmigrantes en mayo de 2006, y 4.772 en agosto del mismo año.

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14/8/2008 (17:16 horas)
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