OPINIÓN - 10/2/2026
LA FUERZA DE LA BARASA
Por José Francisco Armas
10/2/2026
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ACTUALIZADO: 2/10/2026 11:39:36 AM
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La mañana me dio una alegría especial, y aunque me declaro un tipo feliz por el mero hecho de haber nacido, hay momentos en que la dicha nos llega en modo de píldoras beatificantes. Hoy conecté con una “APP de la IA”, en román paladino “aplicación de la inteligencia artificial”, invento que se ha metido en nuestras casas para quedarse, de quien afirman que lo sabe todo, y pregunté por “barasa”, sí, nuestra barasa   y el bicho me responde: “Parece un nombre propio o un término específico. ¿Podrías darme más contexto o información sobre a qué se refiere “barasa”? 

¡Anda, la todopoderosa “IA” no sabe lo que es barasa! Me alegré. Algo oculto para el más allá, pensé.  Tampoco le voy a dar explicación de lo que es y para qué se utiliza, dije. ¿Qué le interesa a la “IA” conocer algo único, nuestro, propio, familiar, doméstico como la barasa? Así que me sentí feliz, no descubierto, oculto por algo tan nimio para la humanidad, pero tan significativo para los coterráneos.

 Cuánto echamos de menos los potajes de barasa, los champurrios, las papas con coles, barasa y un trozo de carne cochino, aquel que nuestras madres y abuelas guisaban sobre dos teniques con leña de brezo en un caldero de aluminio negro de hollín (qué miedo me dan los recuerdos), porque hoy nos inclinamos más por el pasticho y las hamburguesas.

Después de mi alegría egoísta y momentánea, le pregunté a Google y sí sabía, el muy puñetero. Dice que es un canarismo, una planta conocida en la isla de El Hierro usada en gastronomía. Bueno, en fin, ¡qué les puedo contar! No hay nada oculto a los ojos del Señor. Me sentí descubierto, desnudo ante la inmensidad de la ciencia.

Lo que no sabe ni "Google” ni la “IA” es que mi amigo Juan Machín por los albores de los años setenta columbró la casa de una conocida a causa de la barasa. 

Fue por aquellos maravillosos años, cuando la radio nos traía las voces de Nino Bravo, Camilo Sesto, Miguel Ríos o Joan Manuel Serrat. Cualquiera que saliera del pueblo para viajar a Tenerife, era noticia comunal, y siempre te caía la breva de que alguna buena vecina fuera a tu casa para, si podías, si no era mucha la molestia, llevar una cosita poca a un hijo, hermano o pariente que vivía en Santa Cruz.

El pobre echa tanto de menos esto, que vine a molestarte a ver si me llevas un encarguito.
Bueno, ya sabe que yo llevo a mi familia y voy con una maleta.

Lo cierto era que la buena vecina aparecía con un chivo, un par de quesos (qué más da uno que dos), una docena de chorizos o morcillas, según la época, lo que obligaba a que, para llevar los encargos, se habilitara una caja de cartón bien rateada con tomisa para garantizar que, con el ajetreo del viaje, no asomara por alguna esquina, cuando el cartón no era lo bastante resistente, la cabeza del chivo o salieran las papas tulando por la cinta del aeropuerto con la guasa de los presentes. Después, una vez llegado a Tenerife, había que repartir.

— Gracias mijo, que Dios te lo pague —te decían sin mucho cariño —. Dale saludos a la familia y que nunca la maña pierda.

Pues a mi amigo Machín le encasquetaron un paquete que tenía que entregar en una dirección del Barrio de la Salud y allí fue. Al apearse de la guagua se dio cuenta de que no llevaba la dirección en la que tenía que entregar la encomienda. Teléfonos móviles no había y, aunque sí cabinas (hoy declaradas patrimonio de la humanidad), no recordaba ningún número para llamar a quien pudiera dar detalle, así que se quedó con su paquete esperando que las casualidades de la vida hicieran que pasara alguna alma conocida que lo pudiera socorrer. 

Se sentó en un banco de la calle sin saber para dónde tirar cuando una brizna de aire le trajo un olor que le pareció familiar. Afinó el fato y sí, no había duda, se confirmaba, ¡era olor a barasa! Se levantó y comenzó a caminar allá donde el olfato le llevaba, cruzó un par de esquinas hasta que llegó a un edificio de cuatro plantas, y sintió que el olor de la sustancia era más definitorio. ¡Aquí es, no cabe duda!, pensó.

Miró al zaguán y un señor que salía, al verlo inseguro, con cara de despistado le preguntó:

¿Necesita algo, joven?
Busco a doña María Concepción. 
¿La herreña? Vive en el tercero izquierda. Toque que en casa está.
¡Coño, gracias a Dios y al olor a barasa!—exclamó apaciguado.

A partir de aquel incidente, los viajes a Tenerife se comenzaron a hacer en secreto.
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